Hablar japonés

Pasada ya cerca de una década desde mi primera lectura, y atemperado el asombro casi inmovilizador provocado por sus tesis y calidad literaria, lo que más me sigue impresionando de la Autobiografía sin vida de Félix de Azúa es su arranque. En su viaje imaginario en el tiempo al preciso instante en que nuestros antepasados remotos decidieron empezar a pintar caballos y leones en la cueva de Chauvet, Azúa tropieza no solo con el inicio de la historia del arte, sino con el origen mismo del ser humano. El lento y progresivo dominio que la humanidad ejerce sobre la naturaleza desde hace milenios nace con esos modestos trazos. El caballo pintado deja de ser el caballo concreto con el que el hombre convive, y del que lo separan unas arbitrarias características morfológicas, y se convierte en una abstracción, una idea. Los orígenes del arte son una declaración de superioridad. Con estética arrogancia, la humanidad traza una línea en el suelo: de este lado, nosotros; de aquel, todos los demás. Quizá esta sea la razón por la que sentimos una emoción muy particular cuando miramos pintura de animales. Quizá lo que se activa cuando miramos los sobrecogedores perros, cebras y osos de Miguel Macaya sea una remota nostalgia por un tiempo en que esas criaturas tenían la condición de parientes.

Los animales de Miguel Macaya (Santander, 1964) emergen de unos fondos negros sobre los que imponen su presencia. Emergen, surgen, se revelan sobre el fondo negro, pero nunca se recortan sobre él. Macaya evita el empleo de una estética muy vistosa, deudora del aplanamiento de Manet, que convierte a las figuras en pegatinas de quita y pon. Lo que sorprende de los fondos sobrios de Macaya es que no solo sirven de telón de fondo para que los animales se exhiban, sino que además les proporcionan oxígeno para que respiren. Vivos, despiertos, sus miradas de soslayo indican un interés pasajero por nuestra presencia, seres soberanos que viven ajenos a nuestras indagaciones y nuestros paternalismos. En los que miran de frente se intuye, incluso, una tentativa de juicio, como ese cerdo majestuoso que parece un trasunto del Menipo de Velázquez, sabio y socarrón.

Macaya envuelve todo lo que pinta en un mismo aire de misterio. Sus figuras humanas no acaban de revelársenos del todo, como tampoco queda claro en su serie titulada Caprichos qué hace un grupo de personas tirando de un enorme limón ingrávido. El espacio que queda entre la representación y su significado es precisamente el espacio del arte. Macaya no es un teórico, ni lo pretende, pero posee un puñado de ideas muy precisas que valen más que varias disertaciones. La más importante, creo yo, tiene que ver con su decisión de adoptar un lenguaje figurativo, un asunto que sobrevuela buena parte de la conversación que mantiene con la editora Clara Pastor en el libro Lo que sale de mi pincel.

Al adscribirse a una tradición pictórica con siglos de historia, Macaya es perfectamente consciente de que no ha inventado la rueda, lo que considera toda una ventaja. Lo dirá varias veces a lo largo del libro: la figuración le proporciona un lenguaje común que puede compartir con cualquier espectador, algo que no siempre sucede con la abstracción o el mal llamado arte conceptual, que, para él, caen demasiado a menudo en una introspección puramente narcisista. Para Macaya, emplear un lenguaje figurativo es derribar una primera barrera de acceso al espectador, lo cual no tiene por qué derivar en un arte facilón o didáctico. Sucede igual con la literatura: con un mismo idioma se puede escribir Últimas tardes con Teresa y las instrucciones de un lavavajillas. Para Macaya, el misterio de la creación artística debe surgir a partir del lenguaje común. Lo expresa de manera muy elocuente cuando dice que el artista abstracto o conceptual exige “no solo que hables japonés, sino su japonés”.

Macaya valora positivamente algunos de los inventos más irreverentes de las vanguardias del pasado siglo, y lo hace por su condición de gestos inteligentes, necesarios, incluso. El problema llega cuando un chispazo de originalidad acaba convertido en un chiste que pretende conservar su gracia eternamente. El mérito de estos gestos podría medirse por el eco de las carcajadas o suspiros de indignación que producen; el eco que más tarde en apagarse, gana. La pintura de Macaya juega en una liga más silenciosa y de tiempos más largos, aunque creo que existe un pequeño resquicio por el que, si quisiera, podría colarse en el mundo de los exabruptos y las provocaciones. Si fuera más cínico, podría convertir sus cuadros de tauromaquia en ejercicios de incorrección política y, arropado por el discurso adecuado, hacer fortuna en ARCO presentándose como el azote de los animalistas. (Nos libraría, además, de la reglamentaria polémica anual en torno a Franco.) Si esto no sucede es porque a Macaya, aficionado los toros, le importa demasiado su pintura para convertirla en símbolo de nada.

Al margen de ese puñado de ideas que guían su propio trabajo, Macaya se resiste a enunciar teorías demasiado ambiciosas sobre el Arte con mayúsculas, consciente, quizá, de que cualquier intento de hacerlo no solo es inútil, sino hasta cierto punto arrogante. Será por eso que se muestra incómodo con la etiqueta de artista, prefiriendo siempre la de pintor. Hay quien podría pensar que se trata de un acto de falsa modestia. Yo diría que es todo lo contrario. Cuando uno se presenta como pintor en vez de artista –o cosas más petulantes–, lo que está pidiendo es que se le valore como tal, nada más y nada menos que como hacedor de cuadros. Un objetivo poco ambicioso, quizá, pero sin trampa ni cartón. Nada de preámbulos, nada de biografías pintorescas: he aquí mi obra, y quiero que se me juzgue por ella.

Hay un pasaje de Lo que sale de mi pincel en el que Macaya le cuenta a Clara Pastor que existe una especie de lenguaje secreto en el que se reconocen los pintores, pequeños guiños que revelan al colega o al espectador atento que uno domina su oficio. Macaya busca estas señales entre sus contemporáneos pero también en los clásicos, con Velázquez a la cabeza. A Velázquez lo admira, lo estudia y, en ciertos momentos, uno diría que incluso envidia su condición de maestro, maestro en sentido antiguo, maestro de taller. Porque las ideas o inquietudes que guían la obra de uno están muy bien, los inevitables accesos de vanidad son disculpables, “pero el trabajo manual, la cocina, el oficio, el que hay que tener porque quieres sacar el trabajo adelante, tiene que prevalecer sobre todo lo demás”. Y más adelante: “si una señora me pide que le pinte un cuadro de su perro de lanas, pues pinto un perro de lanas, y lo hago lo mejor que sé”.

Dudo que muchos artistas de primer nivel sean capaces de tolerar injerencias en su trabajo. De nuevo, creo que es el contacto con los clásicos lo que ayuda a bajarle a uno los humos. ¿Acaso no fue Velázquez capaz de crear obras maestras a partir de encargos de retratos rutinarios? Lejos de una limitación, las imposiciones pueden convertirse en retos excitantes para el artista. A veces lo más difícil es elegir el tema; salvada esa tarea, el pintor puede dedicarse a lo que mejor sabe hacer. En el caso de Miguel Macaya, lo que mejor sabe hacer lo hace extraordinariamente bien. A pesar de que en cierto momento del siglo pasado la crítica de arte dejó de considerar relevante la destreza técnica, la pintura de Macaya no se entiende sin su dominio absoluto del oficio. Nos hemos acostumbrado a ver la pintura como meras imágenes, a olvidarnos de que son objetos tridimensionales con unas dimensiones concretas, y eso hace que veamos igual un Rembrandt tardío lleno de costras que una pulida cuadrícula de Mondrian. Ese rodillo mental, que ha relegado el pintar bien a cosa de domingueros, hace muy difícil enfrentarse a la aparente sencillez de los cuadros de Macaya.

Me atrevería a decir que cuando uno mira los dignos miembros del bestiario particular de Miguel Macaya, o sus boxeadores y waterpolistas huidizos, existe un componente de placer ante lo bien hecho, el mismo que existe cuando uno escucha a un buen intérprete de piano o ve trabajar a un carpintero experimentado. Precisamente porque la pintura es toda forma – incluso cuando el tema ha sido cuidadosamente escogido– importa tanto la gama cromática, la pincelada, las luces y las sombras, la composición general. Sigue resultando admirable que ese puñado de elementos pueda producir cosas tan distintas como un bodegón de Chardin y un bodegón de Beckmann. Que existan personas a quienes les aburre la pintura es algo que escapa a mi comprensión.

Supongo que no soy el único que descubrió la obra de Miguel Macaya a través de Antonio Muñoz Molina. Con una perspicacia que abunda más entre los escritores que entre los críticos, dice que Macaya mira las cosas como si todavía no las hubiera pintado nadie. Me parece muy acertado, y creo que esconde, además, una reflexión válida para todo gran artista: la idea de que cada nueva obra supone barrer con todo lo que uno ha hecho antes, pintar como si uno no hubiera pintado nunca. El autoengaño consiste en olvidarse de toda experiencia previa y dejar que sea esa misma sabiduría acumulada la que guíe silenciosamente la mano del falso novato. El arte, el bueno, vive en esa contradicción. Así, con ojos nuevos y manos sabias, logra Miguel Macaya dar forma a esos animales y esos humanos que parecen vivir al margen de nosotros, a los que ni siquiera mirando a los ojos parecemos poder interpelar. Seguiremos intentándolo a pesar de todo, sin dudar en ningún momento de la calidad de nuestro diccionario de japonés.

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Miguel Macaya, Lo que sale de mi pincel. Una conversación con Clara Pastor. Elba, 2019.

Imagen: Sin título. Técnica mixta sobre tabla (40x40cm).

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6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Muchas gracias Rubén
    Ya había ganas de leerte.
    Curiosamente mientras te leo tengo de acompañante de viaje a un perro que me huele las piernas

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    1. El perro te habrá “puesto en situación”, jeje…

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  2. Estoy en el metro. Jaja

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  3. Mila dice:

    Gracias Ruben, un artículo magnífico que profundiza en el autor y su obra con sencillez y rigor, y me hace revivir el proceso creativo, un abrazo enorme

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  4. Mila dice:

    Lo que no entiendo es por qué lo titulas ‘hablar japonés’, hay algo que haya pasado por alto ??

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Mila. Respecto al título: como Macaya dice que hay artistas muy crípticos que emplean un lenguaje que solo ellos conocen (“su” japonés), mi título quería hacer referencia a que, en el caso de los cuadros de Macaya, no hace falta aprender ningún idioma porque él utiliza un lenguaje que todo el mundo conoce. Uno los mira, por así decir, “sabiendo ya japonés”. ¡Un abrazo!

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